viernes, septiembre 25, 2026

La ofensiva de las autodefensas

Por
Rafael Rincón P.

La ofensiva contra la JEP no es un asunto técnico ni una discusión presupuestal. Es un ataque directo del gobierno de las autodefensas contra el derecho de miles de víctimas a conocer la verdad, a recibir justicia y a ser reparadas. Y lo más preocupante es que este ataque ocurre también en el Congreso y en los despachos del poder ejecutivo. Y, también se libra en los medios corporativos de comunicación, donde se ha instalado una narrativa que distorsiona el mandato de la justicia transicional, confunde a la ciudadanía y normaliza la erosión de garantías fundamentales. Aquí solo voy a hablar de los ataques de la prensa. 

Decir que la JEP “no ha hecho nada” por las víctimas no es solo jurídicamente insostenible: es una falta de respeto hacia quienes han esperado décadas para ser escuchados. Es desconocer que la JEP ha acreditado miles de víctimas que por fin tienen un lugar donde su historia importa; que ha imputado a cientos de máximos responsables que jamás habían enfrentado la justicia; que ha documentado patrones de macrocriminalidad que la justicia ordinaria nunca tocó; y que ha logrado niveles de reconocimiento de responsabilidad que superan los estándares internacionales. 

Negar todo esto no es una opinión: es una falsedad que hiere a quienes han sobrevivido a la guerra. Pero esa falsedad se repite porque sirve. Sirve para quienes quieren destruir la JEP sin asumir el costo político de hacerlo abiertamente. Sirve para quienes necesitan que la ciudadanía crea que la justicia transicional es un fracaso. Sirve para quienes temen que la verdad alcance a actores que nunca han sido investigados. Sirve para quienes prefieren la impunidad disfrazada de indignación moral. Sirve para quienes han vivido cómodos en un país donde la verdad siempre ha sido un lujo. 

La estrategia es transparente: exigirle a la JEP funciones que no tiene, como la reparación administrativa; ocultar sus avances; amplificar mentiras sobre supuestos “privilegios” de sus magistrados; y presentar el recorte presupuestal como una decisión técnica, cuando en realidad es una forma de desmantelamiento institucional. La asfixia financiera no es un trámite contable: es una violación indirecta del derecho de las víctimas a la justicia. Y los medios que la normalizan, que la trivializan, que la reducen a un titular más, contribuyen a esa violación. 

La justicia transicional no es un capricho político. Es una obligación jurídica del Estado colombiano derivada del Acuerdo Final de Paz, de la Constitución y de compromisos internacionales. La Corte Penal Internacional cerró su examen preliminar sobre Colombia precisamente por los avances de la JEP. Si la jurisdicción se debilita, ese examen puede reabrirse. Esto no es una especulación: es una advertencia formal de la CPI. Que los medios no lo expliquen, que lo minimicen, que lo oculten, es una irresponsabilidad que afecta directamente la estabilidad jurídica del país. 

La verdad es que la JEP está siendo atacada porque está cumpliendo su mandato. Porque está revelando alianzas entre paramilitares y funcionarios. Porque está imputando a quienes nunca habían sido tocados por la justicia ordinaria. Porque está reconstruyendo patrones de macrocriminalidad que desmontan narrativas oficiales. Porque está dignificando a víctimas que durante décadas fueron silenciadas. Porque está demostrando que la impunidad no es un destino inevitable. Y eso incomoda. 

Los derechos humanos de las víctimas no se defienden con discursos vacíos ni con titulares complacientes. Se defienden con instituciones fuertes, con garantías judiciales, con independencia, con recursos suficientes y con una ciudadanía informada. Cuando los medios fallan en su deber de informar con rigor, cuando repiten sin cuestionar narrativas que buscan destruir la JEP, cuando convierten la desinformación en contenido, se vuelven actores activos de la regresión de derechos. 

Finalmente, los medios no son terceros, son primeros y también deben responder por su deber de informar de manera veraz. La JEP no es perfecta. Debe mejorar, acelerar y corregir. Pero destruirla, o permitir que la destruyan, sería una violación masiva del derecho a la verdad, una agresión contra las víctimas y un retroceso histórico que Colombia no puede permitirse. 

La justicia transicional es un pilar de la paz y un límite jurídico contra la impunidad. Quienes la atacan desde los micrófonos y desde los presupuestos no están defendiendo la justicia: están defendiendo el silencio. Hoy la pregunta no es si la JEP tiene fallas. 

La pregunta es si vamos a permitir que la verdad sea sacrificada en nombre de la conveniencia política. Y esa respuesta no puede quedar en manos de quienes han decidido convertir la desinformación en estrategia y la impunidad en proyecto.

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